Dejar establecido que nuestra azul institución no es el equipo más popular del país, no es una blasfemia, es una realidad, aunque reconocer aquello a algunos les moleste. Si es por cantidad o volumen, que duda cabe que el equipo innombrable -el oficialista por excelencia- llenaría millares de graderías, sobretodo ahora que los triunfos no le son esquivos como antaño, cuando no se veían casaquillas incoloras en las calles y es que era más fácil guardar los afectos en la sequía de victorias. En lo personal, nunca me ha interesado que la U sea el más popular equipo de fútbol; pues lo que siempre he querido es no ser parte de un Club simplemente, sino que ser parte de una gran institución.
La popularidad es efímera y feble, provoca en fanáticos adscritos a la moda, una hinchazón del pecho sin contenido. La grandeza es más noble y más profunda, no se basa en frases huecas sin sentido. Tal como los demagogos, muchos -incluso con menos de un cincuenta por ciento de popularidad- se arrogan la representatividad del pueblo. Una afirmación tan vacía como absurda, un mandato sin mandante.
Es que la estadística ha secuestrado gran parte del quehacer social, tomándose el deporte y la supuesta razón de los afectos futbolísticos.
Es que la estadística ha secuestrado gran parte del quehacer social, tomándose el deporte y la supuesta razón de los afectos futbolísticos.
Hay quienes por años han medido el amor por los colores de los equipos, basado en los torneos ganados, en las copas o seguidores que tengan las instituciones; despojando de la esencia de la adhesión a la camiseta, valores y principios de vida; aquellos elementos que en el himno de la gran casa azul, “rezan como principios llevados en el corazón, pues en ella canta la vida su coro y nada muere pasando su umbral”.
La libertad de elegir ha sido consustancial a nuestra patria, forjadora –entre otras virtudes casi divinas, por lo únicas- de uno de los vinos más preciados del orbe y las letras más poéticas del universo, de la mano de nuestra rica cualidad vitivinícola y nuestros dos premios nobel: Gabriela y Pablo, dueños de las más bellas prosas universales. Mistral, acercó las letras a su preocupación por los niños y la educación, sentido infinito de la esencia que subyace al deporte. Neruda, aunque estudió en la Universidad de Chile, se sabe que su apego o cercanía a la pasión de multitudes era mínima, pero lo que si es cierto es que estuvo ligado –al menos como socio- a la Academia, seudónimo romántico que nomina a uno de los equipos más antiguos y queridos del fútbol chileno: Magallanes. Allí se da en su máxima versión, la fusión irracional del ser humano a este juego –a pesar de las derrotas- que nos apasiona el alma y nos aprisiona de cuando en vez la razón.
Un buen entender de la magia de disfrutar el juego en la carpeta verde, es captar la esencia de la diversidad y lo relevante de considerar al otro, no un enemigo sino un adversario temporal, en el marco de un juego fundado en el respeto a las reglas y basado en ciertos valores comunes, desterrando el engaño y las mala prácticas para vencer.
Estamos ciertos, que los días poéticos del deporte ya nos han abandonado para siempre. Hoy todo es más estructurado y lo romántico dejó su lugar a lo profesional. Una máxima de nuestro tiempo, es que vivimos en la era post moderna de las cifras, donde todo parece cuantificarse y la cantidad ha dejado atrás o en la vera del camino, a la calidad. Por otro lado, las letras y autores como Saint- Exupéry -con su obra “el principito”- me han entregado una directriz al momento de definir lo relevante en la existencia:“Lo esencial es invisible a los ojos”, como afirmaba el ilustrado autor. Humildemente, parafraseando al eximio escritor galo, “en materia de vida y deporte es dable afirmar que los afectos son invisibles a las estadísticas”.
Me interesa como objetivo el reflorecer el jardín azul dormido, para reencantar a la sociedad con los valores y principios de la Universidad de Chile, los cuales amalgamados con la pasión de nuestra gente esforzada, identifican a una institución que nunca ha luchado por ser más popular, sino llegar a ser la más grande, con la gloriosa historia de una casa de estudios al servicio de la comunidad.
Así, unir la Universidad y el Club, para irisar todas las acciones e instancias deportivas y planificar no ser el más popular de los equipos de fútbol, sino que ser el más grande de los clubes deportivos del país.
La libertad de elegir ha sido consustancial a nuestra patria, forjadora –entre otras virtudes casi divinas, por lo únicas- de uno de los vinos más preciados del orbe y las letras más poéticas del universo, de la mano de nuestra rica cualidad vitivinícola y nuestros dos premios nobel: Gabriela y Pablo, dueños de las más bellas prosas universales. Mistral, acercó las letras a su preocupación por los niños y la educación, sentido infinito de la esencia que subyace al deporte. Neruda, aunque estudió en la Universidad de Chile, se sabe que su apego o cercanía a la pasión de multitudes era mínima, pero lo que si es cierto es que estuvo ligado –al menos como socio- a la Academia, seudónimo romántico que nomina a uno de los equipos más antiguos y queridos del fútbol chileno: Magallanes. Allí se da en su máxima versión, la fusión irracional del ser humano a este juego –a pesar de las derrotas- que nos apasiona el alma y nos aprisiona de cuando en vez la razón.
Un buen entender de la magia de disfrutar el juego en la carpeta verde, es captar la esencia de la diversidad y lo relevante de considerar al otro, no un enemigo sino un adversario temporal, en el marco de un juego fundado en el respeto a las reglas y basado en ciertos valores comunes, desterrando el engaño y las mala prácticas para vencer.
Estamos ciertos, que los días poéticos del deporte ya nos han abandonado para siempre. Hoy todo es más estructurado y lo romántico dejó su lugar a lo profesional. Una máxima de nuestro tiempo, es que vivimos en la era post moderna de las cifras, donde todo parece cuantificarse y la cantidad ha dejado atrás o en la vera del camino, a la calidad. Por otro lado, las letras y autores como Saint- Exupéry -con su obra “el principito”- me han entregado una directriz al momento de definir lo relevante en la existencia:“Lo esencial es invisible a los ojos”, como afirmaba el ilustrado autor. Humildemente, parafraseando al eximio escritor galo, “en materia de vida y deporte es dable afirmar que los afectos son invisibles a las estadísticas”.
Me interesa como objetivo el reflorecer el jardín azul dormido, para reencantar a la sociedad con los valores y principios de la Universidad de Chile, los cuales amalgamados con la pasión de nuestra gente esforzada, identifican a una institución que nunca ha luchado por ser más popular, sino llegar a ser la más grande, con la gloriosa historia de una casa de estudios al servicio de la comunidad.
Así, unir la Universidad y el Club, para irisar todas las acciones e instancias deportivas y planificar no ser el más popular de los equipos de fútbol, sino que ser el más grande de los clubes deportivos del país.